14 de agosto de 2010

Creo en la reducción

Entrevista a Raúl Valles por Enrique Servín
Segunda Parte

Enrique Servín— ¿Qué papel juega la voz y sus posibilidades en este esquema?

Raúl Valles— La voz es una extensión del cuerpo, y una de las más importantes. En nuestro teatro es primordial que el actor cree acciones con su voz. La única diferencia con las acciones físicas es que, en el caso de las emisiones de voz, su presencia es sonora, pero se trata, en primer lugar, de presencia, es decir, de actuación, de corporeidad, de presente. Más que buscar lograr efectos con nuestras voces lo que nos interesa es su origen mismo. Por supuesto, todos sabemos que históricamente el teatro ha sido una forma artística muy compleja, en la que se fusionan o se entreveran lenguajes muy diferentes: el texto literario, la dirección, la actuación, pero también el vestuario, la escenografía, incluso la música. Y, por supuesto, la voz y el canto. Pero a quienes trabajamos en Necrotono nada de esto nos interesa sino por la relación que pueden tener esos lenguajes con la corporeidad, con lo más esencial o íntimo del teatro. Y con la voz ocurre lo mismo, nos interesa enormemente pero en tanto que expresión o extensión del cuerpo.

En la compañía ejercitamos mucho la voz, hacemos ejercicios extenuantes y silenciosos que sólo parecen muecas extrañas, pero es a través de esos peculiares movimientos faciales que los diferentes músculos, nervios y canales por donde viaja la voz pueden desbloquearse y vincularse de manera plenamente orgánica con el impulso que la origina en cada determinada acción. La palabra clave sería “inducción”. Nos concentramos en la mueca en tanto que expresión estrictamente corpórea, y que es la que debe inducir los sonidos que emitimos. La mueca no es sólo un gesto hueco, es una forma adquirida por el rostro luego de halar, relajar, tensar, como ya lo dije, los músculos y tejidos que participan en la emisión de la voz. Queremos que la voz surja de lo más íntimo, del impulso y de la necesidad de comunicar.

E. S.— Has mencionado varias veces la palabra “impulso”. Háblame más de eso…

R. V.— El impulso es una especie de génesis, es lo que está detrás, o antes del acto. El problema es que el impulso no es controlable, está más cerca del instinto que del libre albedrío, y de allí deriva su enorme poder. Nosotros lo que queremos hacer es aprovechar la energía que deriva del impulso. La cuestión es cómo lograrlo. No es fácil. Es necesaria una exploración del impulso. A través de nuestros procesos de investigación y de trabajo hemos descubierto que el impulso puede ser generado a través de un proceso. Ese proceso consiste, en primer lugar, en el autoconocimiento de la energía interna del actor.

En segundo lugar es necesario aprender a almacenar esa energía y poderla convertir en ese impulso teatral que buscamos. Esa energía se almacena en el área del perineo. Yo sé que todo esto puede sonar muy taoísta o confusional, y en efecto, hemos leído mucho sobre Chi Kung y Tai Chi, pero debo confesar que a lo largo de nuestro trabajo teatral lo único que hemos hecho es confirmar la cercanía y vinculación de nuestro arte con el conocimiento de estas antiguas artes orientales, pues a fin de cuentas estas artes milenarias han basado sus estudios en la vida que hay dentro del cuerpo, lo cual es el motor principal de nuestras investigaciones y por ende de nuestro teatro. Pero a diferencia de estas, que buscan la longevidad, o la salud, o la defensa personal, lo que nosotros buscamos es el estado de representación o de presencia extra-cotidiana que hace posible la ejecución teatral en su expresión más poderosa y real.

E. S.— ¿Qué pasa con esa energía una vez que ha sido acumulada?

R. V. —Lo que sigue es ponerla a vibrar, para que pueda adueñarse de nuestro cuerpo, recorrerlo internamente. Esa vibración se transforma en electricidad. En ese momento hemos creado el impulso. Es algo muy extraño, pero así es como nosotros hemos comprendido el proceso, porque una vez que el impulso está allí, hay que combinarlo con la fuerza física. Se podría pensar que son lo mismo, o que la fuerza física deriva del impulso, pero no es así. La fuerza física es algo muy externo, superficial. Cuando un actor trabaja tan sólo con la fuerza física lo único que crea son formas, yo lo que quiero lograr es la acción física y ésta consiste en la concatenación entre el impulso y la fuerza mecánica, debe existir una correspondencia entre lo que pasa afuera la forma y lo que pasa adentro el impulso, todo esto con la finalidad última de lograr la comunión con el espectador. Esto es el teatro.

E.S. —Como tú mismo lo mencionaste, el teatro ha sido siempre un lenguaje complejo. ¿Cuáles son los riesgos de una propuesta centrada en el lenguaje y la energía corporales? ¿No sientes que podrías caer en un reduccionismo?

R.V. —Eso lo tendrían que decidir en primer lugar el espectador, y en segundo lugar los críticos. A mí me interesa investigar los elementos esenciales que pueden lograr que las acciones del actor puedan ser percibidas como un evento real, verídico. No realista, por supuesto, hay una gran diferencia entre lo real y lo realista. Lo realista tiene que ver con aquella forma de arte que te quiere vender como real lo que de antemano sabemos que es un espectáculo ensayado. Lo real, en cambio, desde el punto de vista teatral, es una acción no fingida, que no busca imitar, sino que se presenta como lo que es: como una verdad teatral, ni más ni menos. Pero pensándola bien, tal vez tengas razón, tal vez sí me encuentre en una línea “reduccionista”.

En cualquier caso yo le daría un sentido positivo a esta calificación, porque lo que busco es “reducir” la actividad teatral a sus elementos esenciales, íntimos. Hoy en día nos enfrentamos a un teatro que, al contrario, tiende al efectismo, a la grandilocuencia, a la fastuosidad que busca cubrir las carencias actorales. Para mí todo esto es absurdo. Me recuerda mucho la actitud de los novatos, que casi típicamente le tienen horror al vacío. Se dice que Miguel Ángel entendía el proceso de labrado de la piedra como un ir-quitando-lo-que-sobraba. El artista no inventa, descubre. Yo creo mucho en esto. Hoy en día muchos artistas siguen obsesionados con “inventar”, y esto conduce con demasiada frecuencia a la simple acreción, al empalme, a la acumulación. Yo creo que el gran arte va en otro sentido. El actor, es el núcleo del fenómeno teatral, y a mí me interesa trabajar con el núcleo; si a eso nos referimos con “reducción”, pues entonces yo creo en la reducción.