14 de agosto de 2010

Creo en la reducción

Entrevista a Raúl Valles por Enrique Servín
Tercera Parte

Enrique Servín —¿Y la emoción? Como insertas el fenómeno de la emoción, elemento central en el arte de casi todas las tradiciones civilizatorias del mundo, en tu esquema teórico?

Raúl Valles — No creo en la emoción como motor del trabajo actoral, la emoción no se puede controlar, en todo caso es ésta la que terminaría por controlar el cuerpo del actor; la emoción es una reacción, por consiguiente no nos es útil. Nosotros basamos nuestro trabajo en la acción, ya que esta sí puede ser controlada y realizada a voluntad. La emoción en el trabajo del creador artístico está muy sobrevaluada y muy mal entendida.

Sin embargo creo, por supuesto en la emoción del espectador. De hecho, el espectador es lo que busca en el teatro, y quizá en toda otra forma del arte. Emoción significa moverse fuera de lo cotidiano (“e”, “fuera de”; “movere”, “mover, sacar”), es decir: esa energía, o ese estado que nos saca de la cotidianeidad, que nos interna en otra especie de dimensión interior. Claro que en este sentido la emoción es muy importante, pero el actor no basa su trabajo en la emoción, simplemente porque no puede acceder a ella cada vez que se quiere; sin embargo sí puede crear la calidad de energía que determinada emoción suscitaría en su propio cuerpo, logrando así que el espectador pueda tener empatía o distanciamiento con lo que él mismo percibirá o etiquetará según su rango de emociones.

E.S. —Te voy a hacer una pregunta incómoda: El cine y la televisión se fueron adueñando de espacios sociales y hasta físicos que habían pertenecido históricamente al teatro, me refiero al teatro en sus diferentes formatos y géneros, por supuesto. En las últimas décadas tanto el cine como la televisión han mostrado signos de una importante renovación gracias a las nuevas tecnologías para crear tanto efectos de sonido como efectos especiales de tipo visual, así como para lograr una tercera dimensión mucho más convincente y más atractiva. Es de esperarse que estos avances no hagan sino continuar. ¿Cuál es el futuro del teatro? ¿Será capaz de mantener los espacios que le quedan? ¿Corre peligro?

R.V. —Depende, precisamente, de cómo entendamos el teatro. La fuerza del teatro radica en su contacto vivo entre actor y espectador. El teatro es un arte del presente, del instante en el que ocurren las cosas, porque ese vínculo presencial en el que se basa existe como un binomio de simultaneidad. En ese espacio en el que se da la representación están congregados tanto el que observa como el que es observado y, en el caso del buen teatro, ese vínculo alcanza el grado de una verdadera comunión. En el cine y la televisión, en cambio, esto no ocurre. Lo que el espectador ve es algo que ya ocurrió, que puede ser repetido serialmente, mecánicamente, y que por lo tanto no tiene ni la frescura, ni la inmediatez, ni el misterio, ni el impacto del acto vivo.

El teatro no tiene por qué sentirse obligado a “competir” con estos medios, ya que se trata de organismos completamente independientes entre sí. Actualmente ocurre, y desde mi punto de vista es un problema, que bastantes realizadores escénicos han querido que sus producciones “compitan” con el cine y la televisión, y entonces incurren, insisto, en terrenos que no son los del teatro. Me refiero al universo de los efectos especiales y, en general, a todo tipo de parafernalias: Iluminaciones carnavalescas, humos, láseres, hologramas, sonorización estruendosa.

Últimamente se ven muchas puestas en escena que abusan de la tecnología, herramienta con la cual pretenden, de algún modo, ganarle terreno al cine, o a la televisión, o a la computadora. Esto resulta ridículo y por completo errado. En tiempos en los que la tecnología apunta y conduce a una desvaloración de los elementos principio, tanto en el arte como en la vida cotidiana, el teatro debe sumergirse en sus orígenes, en sus fortalezas, en aquellos elementos que lo vuelven, precisamente, teatro. Debe concentrarse, volverse esencial. El teatro no se mueve de manera horizontal en el tiempo, sino de modo vertical, no viaja hacia lo próximo o hacia lo siguiente, ni tampoco hacia atrás para desenterrar lo que los siglos ya sepultaron. Viaja más bien hacia lo profundo, hacia lo más interior. Indudablemente la tecnología es parte de la vida; también surge de nosotros y es algo muy importante. Pero en sí misma no tiene ninguna vida propia, carece de organicidad, es algo frío, sin alma. El teatro, al contrario, ofrece directamente energía vital, energía presencial: vida.

El problema, pienso, de todas esas propuestas novedosas que insisten en cubrir con pirotecnia y artefactos y multimedia el rol, o simplemente, las carencias del actor, es que en realidad no están haciendo teatro, aunque se insista en llamarlo así. Son, por supuesto, artes escénicas, y quizá puedan llegar a producir logros perdurables. Pero no es lo que en sus orígenes fue llamado teatro. Hay que ser precisos con el lenguaje; hay que dar un valor específico y preciso a las palabras. No es que haya surgido un “nuevo teatro”, sino que nuevas experiencias escénicas han seguido siendo cubiertas bajo el nombre de “teatro”, cuando en realidad son otra cosa, y esto propicia un desbordamiento conceptual, una confusión. Si se les quiere dar un nombre, tal vez lo más correcto sería llamarlas anti-teatro, ya que traicionan esa corporeidad y esa energía vital que han sido el patrimonio esencial del teatro en todas las culturas en las que ha florecido como un verdadero acto de arte.

Presenciamos puestas en escena en las que a veces ni siquiera hay actores: hay maromas, recitaciones, proyecciones, bandas sonoras estridentes, actos de desnudismo, manifestaciones espasmódicas, gritos. No le temo a la novedad, al contrario, la respeto. Pero no le llamemos teatro a lo que no lo es, porque allí comienza la confusión. Quiero ser muy preciso con el uso de la palabra teatro porque creo que surgió de lo más íntimo de las civilizaciones, surgió del rito, de un sentido de lo sagrado, y me molesta que se le confunda con la pirotecnia populista y mercadológica. Yo pienso que el teatro no podrá jamás ser desplazado porque ofrece algo que únicamente él puede ofrecer: ofrece presencia, directa e íntima; ofrece contacto directo con la corporeidad, energía vital trabajada, esculpida, ofrece vida. Y justamente, el teatro que me interesa es el que se concentra en estas vetas de expresividad. ***